EL TURRON DEL PERU

Por: Gastón Acurio—Chef

En el año de 1655, Lima vivía tiempos de relativa calma. El nuevo virrey, Luis Enriquez de Guzman, iniciaba su mandato en medio de desavenencias con la iglesia, al punto que esta lo llego a calificar como el virrey hereje, haciendo correr entre la población, la idea que era su herejía, la causante de todos los males que le tocaría vivir a Lima durante su mandato.

Tragedias como la ocurrida al medio día del 13 de Noviembre de 1655, cuando un terrible terremoto sacudió a la ciudad, derribando palacios, iglesias y casas que dejaron a Lima en escombros.

Eran tiempos en que llegaban a Lima miles de esclavos provenientes del Africa occidental, que en su afán de mitigar el terrible sufrimiento ocasionado por la condición de opresión en la que vivían, encontraron una válvula de alivio, organizando cofradías en las que se apoyaban mutuamente y se hacían cargo de retablos y capillas en los templos de Lima y alrededores, como la capilla del pueblo de Pachacamilla, la misma en la que un esclavo llamado Pedro Dalcón, pintó en una pared de adobe, la imagen del Cristo crucificado que daría vida a una de las manifestaciones religiosas mas conmovedoras del mundo, la procesión del señor de los milagros.

Resulta que tras el terremoto, toda la capilla se derrumbo, menos el débil muro de adobe con la imagen de Cristo, hecho que genero una gran devoción al Cristo moreno, que poco a poco se fue expandiendo, primero con reuniones cada viernes por la noche para venerar su imagen, llevándole flores y entonando plegarias al ritmo de arpa y cajón. Con el pasar de los años y tras varios intentos de prohibir su veneración y de destruir la imagen, finalmente la iglesia oficializo su culto el cual vibra hasta hoy cada mes de octubre, cuando el Cristo de Pachacamilla sale en su santo recorrido.

Y allí, entre las devotas, estaba doña Josefa Marmanillo, mas conocida como doña Pepa. Una esclava cañetana, que al verse aquejada por la parálisis, acudió al señor de los milagros para curar sus males. Al final, su fe y devoción fue recompensada, siendo curada y ella en agradecimiento, decide preparar un dulce delicioso y colorido, que ofrecía a todos los feligreses en cada salida del señor de los milagros, de manera que poco a poco fue conocido como el rico turrón de doña Pepa.

Un turrón que antes solíamos encontrarlo solo en los alrededores de la iglesia de las nazarenas, donde descansa todo el año el señor de los milagros, pero que ahora podemos encontrar por toda la ciudad, y porque no, animarnos a hacerlo en casa. Aquí una receta sencilla.

Mezclamos un kilo de harina, con medio kilo de manteca o si no encuentra entonces de mantequilla, con diez yemas y y dos cucharaditas de polvo de hornear. Añadimos una taza de leche evaporada, granos de anís al gusto y pizca de sal. Amasamos y dejamos reposar.

Dividimos la masa en tiras y hacemos bastones largos del grosor de un dedo, dependiendo del dedo claro está. Horneamos los bastones en fuente engrasada a fuego medio por unos 30 minutos.

Para la miel, colocamos unas cuatro bolas de chancaca, con un litro de agua, canela, clavo, anís, hojas de higos, piña, naranja y membrillo picado.

Se deja cocinar moviendo todo el tiempo y luego se cuela. Se vuelve a cocinar hasta que coja punto de miel.

Estamos listos, para armarlo, colocando los bastones como base, echando la miel encima, nuevamente otra capa de bastones pero en sentido cruzado y nuevamente la miel. Hacemos tres capas. Al final lo espolvoreamos con las grajeas de colores y listo. 

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