Berlin: 30 años sin muro

Fuente: Viajar el Periódico

Si toda ciudad de bien presume de un centro definido, Berlín juega al despiste dispersándose entre varios. Sus múltiples cogollos se desparraman, encima, a distancias maratonianas por sus viejos universos enfrentados del Este y el Oeste. En Noviembre se cumplen treinta años de la caída del Muro, y las diferencias entre ambos no han desaparecido del todo, a pesar de las mil y una obras que, desde entonces, vienen cosiendo sus calles. Tanta grúa y tanta zanja no ha amilanado al torrente de admiradores dispuesto a sacarle tajada. Pero el que avisa no es traidor: no será pan comido meterle mano a esta urbe inconformista y dual que solo se parece a sí misma.

Al margen de carecer de un único eje alrededor del cual se vertebre lo demás, las caminatas pueden ser de órdago, aunque ayuda la eficacia del transporte público, así como las bicis, cada vez más populares entre sus tres millones y medio de almas y los trece de visitantes que le vienen cayendo al año. Por otro lado, la barbaridad de arte que encierran sus museos, de huellas de la historia reciente de Europa y de barrios a explorar hace que el típico city break de un fin de semana se le quede pero que muy corto. Y luego está esa personalidad tan suya–“no es Alemania”, se repite a menudo–, por no hablar de la muda de piel –¡otra más!– en la que está inmersa la que, solo en el siglo XX, fuera capital de Prusia, de la República de Weimar, del Tercer Reich y de la Alemania reunificada.

Si a las casas okupa y demás iconos de la contracultura no les quedó otra que hacerles por el Este un hueco a los centros comerciales, los alquileres disparados de los últimos tiempos andan provocando otra mutación por áreas antaño marginales del Oeste, como Kreuzberg o Neukölln. Al calor de unos alquileres irrisorios, a sus obreros e inmigrantes, sobre todo turcos, se les fue sumando un ejército de modernos que, con sus cafés vio, sus tienditas de comercio justo y sus coworking los pusieron en el punto de mira de la movida alternativa. Entre esta gentrificación galopante y los pisos de alquiler turístico, sus vecinos de toda la vida cada vez lo tienen más difícil para quedarse en su barrio. Y, aunque ya quisieran en París o en Londres unos precios como los de Berlín, también muchos de los jóvenes llegados después andan buscando a dónde mudarse. Incluso se están viendo obligadas a migrar a zonas más baratas algunas de las miles de startups que, en la década pasada, convirtieron sus calles en una especie de Silicon Valley para emprendedores y creativos de media Europa, españoles incluidos.

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